Blog de Viajes

Estuvimos en Buenos Aires una ciudad de contrastes

Hay ciudades que, mientras las recorres, conectan de inmediato con tus ideales, tus gustos y tu forma de ver la vida. Lugares que no solo se visitan, sino que se sienten: sus calles te atrapan, su gente deja huella y la cultura es tan única que sabes que no la encontrarás en ningún otro lugar. Esa fue exactamente la sensación que generó Buenos Aires en mí. La primera vez que la visité a medida que atravesaba sus calles notaba que me transportada a sitios europeos como Madrid e Italia, lugares de arquitectura tan única y exquisita como la que encontré en el Teatro Colón, que aun los que no conocemos a profundidad de arte, sabíamos en cada rincón, la belleza que nos rodeaba.

Luego al salir cerca del obelisco, llegaron a mi, memorias de la ciudad de Nueva York, exactamente de Times Square, con su vida nocturna, rodeada de pantallas iluminadas; semejante a eso, se vive la Avenida 9 de Julio con ese bello obelisco que simplemente refleja poder y libertad.

Al pasar los días pensé que lo había visto todo, sin embargo, al llegar a la zona de Puerto Madero terminé de enamorarme, un sitio mágico donde a lo lejos se iluminaba el imponente puente de la mujer y en el agua el reflejo de los edificios modernos, antiguamente bodegas y fabricas industriales que ahora se habían convertido en sitios llenos de juventud para compartir y darle ese toque de ciudad Cosmopolitan.

Bueno y ¿por qué esa mezcla cultural europea tan marcada en estos recorridos?,

precisamente fue entre 1880 y 1930, que Argentina recibió millones de inmigrantes europeos, principalmente de Italia y España, influyendo así en su cultura, arquitectura y gastronomía, y sí, en la gastronomía ¡ni te imaginas! en Buenos Aires encuentras las mejores pizzas del mundo, y yo que soy pizza lover llegué hasta Güerrín, un lugar que junto a otras dos pizzerías, están en el ranking mundial. Apenas entras, sientes: el murmullo constante, las mesas llenas, la gente hablando fuerte, riendo, esperando su turno. Hay una energía diferente. Ya sentada, empiezo a mirar las paredes llenas de fotos, recortes y reconocimientos, con artistas y deportistas que pasaron por ahí y cuando llega la pizza… todo cobra sentido, en ese primer bocado entiendes por qué este lugar es parte del alma porteña.

Y sí: valió, totalmente, la pena Pero la pizza no fue lo único que me sorprendió en esta segunda visita; también lo fue una de las librerías más grandes de Sudamérica y la número

dos del mundo: el Ateneo Grand Splendid. Me habían dicho que era hermosa, pero lo confirmé apenas entré. Quedé atónita al ver ese contraste entre el arte y miles de ejemplares a mi alrededor. Es como estar en un teatro, pero con el lujo de contar con el lugar perfecto para tomar un café mientras lees tu obra favorita.

Aunque Buenos Aires se siente joven en cada esquina, la adultez también se hace presente, sobre todo cuando tomas un taxi. Me sorprendió ver a muchas personas mayores todavía trabajando, con una dignidad silenciosa que impresiona. Recuerdo en mi primer viaje que se respiraba un aire de desconcierto político, pero al mismo tiempo de esperanza. Y es que el nuevo gobierno reforzó ese ideal de cambio que hoy ya empieza a mostrar sus primeros frutos.

Claro que no todos lo viven igual. Hay quienes, después de una vida sin aportes, hoy no reciben subsidios, y ese sector se ve más afectado. Es parte del proceso de transformación, con luces y sombras.

Y, curiosamente, fueron dos taxistas —de unos 65 o 70 años— quienes se convirtieron en nuestros mejores guías. Entre risas, anécdotas y un humor encantador, nos llevaron a descubrir parques y rincones bellos. Gracias a ellos caminamos por un lugar con aires de Versalles: cisnes, jardines impecables y una calma perfecta para una tarde de picnic. Su nombre lo dice todo: Los Rosadales. Y es que por algo Buenos Aires fue elegida en noviembre de 2025 como el destino del año.

Estas experiencias pero otras que me marcaron como el barrio chino, el recorrido por el río de la Plata al atardecer, el cementerio de la recoleta, los jardines japoneses, el famoso caminito donde para mi se prueban los mejores asados, la visita a una estancia, estas y muchas más experiencias hicieron que Buenos Aires no entrara por mis ojos sino por mi alma.

“Sin miedo sin excusas” Viví la experiencia de Viajar sola a Medio Oriente

En 2019 tomé una de las decisiones más difíciles —y más transformadoras— de mi vida: renunciar a la empresa en la que había trabajado durante más de ocho años. Tenía estabilidad, un sueldo fijo, una rutina segura. Pero también tenía una inquietud que no me dejaba dormir: quería algo más.

Dejar un empleo estable para viajar a Dubái a estudiar inglés parecía, para muchos, una locura. Para mí, era un salto al vacío lleno de miedo… y esperanza. Hoy puedo decir que todo tiene un propósito, aunque en ese momento no entendiera cuál era el mío.

Recuerdo perfectamente ese viaje. Mientras yo volaba hacia Medio Oriente, el mundo comenzaba a cerrar sus fronteras. Los aeropuertos anunciaban restricciones, los países suspendían vuelos y la palabra “pandemia” empezaba a escucharse con fuerza. Por poco no logro llegar. La incertidumbre viajaba conmigo en ese avión.

Al aterrizar, el desafío fue aún mayor. No podía iniciar mi curso de inglés porque todo estaba cerrado. Vivía con la constante duda de si tendría que regresar en un vuelo humanitario. Estaba sola en una ciudad impresionante, moderna, deslumbrante… pero también silenciosa y llena de preguntas.

Sin embargo, las cosas empezaron a acomodarse. Dubái fue una de las primeras ciudades en reactivarse. Abrió sus puertas al turismo y, sorprendentemente, muchas experiencias que antes parecían inalcanzables bajaron sus precios. Aquellos lujos que veía desde lejos se volvieron posibles. Pude recorrer el desierto, admirar su arquitectura futurista y descubrir una cultura que me enseñó resiliencia.

Mientras tanto, el miedo por mi familia y amigos en casa era constante. El COVID tocó puertas cercanas y cada llamada tenía un peso emocional enorme. Esa distancia me enseñó algo que ningún viaje de placer me había mostrado antes: el verdadero valor de un abrazo.

Finalmente, el colegio abrió sus puertas y comencé a estudiar inglés. Ese paso no solo me dio un nuevo idioma; me abrió oportunidades laborales que jamás habría imaginado. Completé un año de aventuras, conocí amigos inolvidables, hasta hice pinitos de modelo y co  nfirmé que salir de la zona de confort transforma.

Pero la mayor enseñanza no fue profesional. Fue personal, elevé mi autoestima y confianza, desarrollé habilidades de convivencia, negociación, cómo presentar entrevistas en inglés y recordar todo eso me llena de orgullo.

Entendí que la felicidad no está en los autos de lujo, ni en los rascacielos imponentes. Está en lo simple: en el amor genuino, en un plato de comida casera, en la risa compartida, en saber que tienes un hogar al cual volver.

Hoy miro atrás y agradezco haber tenido el valor de renunciar. Porque ese viaje no solo me llevó a Dubái. Me llevó a encontrarme a mí.

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